Los cambios siempre son buenos, si así lo decidimos. Aunque en un principio nos cueste trabajo asimilarlos, los cambios nos recuerdan que es necesario movernos de nuestra zona de confort y ampliar nuestro espectro hacia un aprendizaje nuevo. Si yo no lo hago por mi propio pie, la vida se encargará de moverme.
Existen 2 tipos de cambios. El primero es el cambio colectivo, que es el cambio hecho por masas que al ser implementados resultan mucho más fáciles de realizarse, debido a que no estás solo sin saber qué hacer y por dónde empezar; hay un lineamiento que se sigue y que nos indica cómo implementarlo.
Por ejemplo, hablemos de lo que sucede en una empresa cuando un día tu jefe te informa que cambiarán las directrices de la empresa y que la estrategia que se estaba implementando ya no es la correcta, así que es tiempo de cambiar a otra más efectiva para los intereses de la empresa. Al principio viene un derrumbe interno, una incertidumbre al no saber qué es lo que va a pasar.
Esto es normal. Recordemos que las personas nos movemos básicamente por dos motivaciones: alejarnos del dolor y/o acercarnos al placer. Estas son las dos motivaciones que generalmente nos llevan a emprender un cambio. Al cabo de un tiempo de haber implementado los cambios, todo se estabiliza para volver a estar en una zona estable. El cambio colectivo se efectúa con nosotros o sin nosotros.
El siguiente cambio es el cambio personal. Por supuesto, es mucho más difícil emprenderlo dado que parte de una decisión propia; nadie nos lo impone, salvo la vida misma. Es a nosotros a quienes corresponde evaluar las alternativas, minimizar los riesgos y ver las posibles variables.
Ante la perspectiva del cambio personal, no hay una responsabilidad compartida. Solo tú sabes el tiempo que le dedicaste, las actividades que tuviste que hacer y cómo necesitaste trabajar con tus emociones, creencias, costumbres y hábitos para poder atreverte a realizarlo.
Salir de la zona de confort no es un regalo, ni un premio: es una aventura por la que caminamos en soledad, pero siempre acompañados de nuestros seres queridos, que son nuestros mayores apoyos y motivantes.
Salir de una zona de confort es entrar a una zona de aprendizaje donde experimentamos, conocemos cosas distintas y vivimos las diferencias. Donde todo es nuevo y hay más aún por realizar, donde recordamos todas las veces que en nuestra vida hemos vencido el miedo a lo desconocido que nos impide movernos.
Recuerda siempre que los grandes —y los pequeños— árboles, no temen al invierno. Saben que, aunque reciban el duro invierno desnudos, sin hojas que les cobijen y parezca que morirán entre la nieve, en el fondo de sí están seguros de que nada impedirá que llegue a tiempo la primavera. Para evolucionar se requiere de un constante cambio. Para iniciar, solo necesitas querer hacerlo.